Actuaciones Final de Curso
El grupo del taller de teatro de Edukere representa “Pic Nic” de Fernando Arrabal, podréis verla el Miércoles 25 a las 19:00 h en el Salón de Actos del Colegio Narval.
Seguidamente nuestras alumnas de baile realizaran las coreografías que han preparado para final de curso a las 20h en el mismo lugar.
Verano en Edukere
¿Y ahora qué? ¡Pues mucho más! Tenemos clases de repaso, talleres de escritura creativa, de teatro, de debate, de pintura, de manualidades...
¡Te esperamos este verano en Edukere!
¡Te esperamos este verano en Edukere!
FlashMob
Hoy a las 19:00 horas en el parque del bar Jerry Edukere dará una sorpresa con mucho ritmo!!!
Texto de una alumna de nuestro Taller de Escritura Creativa
Otro día me despertaba en un baño de lágrimas. Sin saber si quiera a dónde ir, perdida en mí misma, condicionada por los demás. Hace tiempo el simple hecho de notar la brisa rozándome las mejillas me hubiese concedido el privilegio de sonreír. Sin embargo, ese ya no era uno de los placeres que podía disfrutar, mis comisuras ya no se arqueaban para mostrar felicidad sino para fingirla.
Aguardaba el momento para poder confesarlo al mundo, como si de un gran pecado se tratase. Rogaba por poder quitarme el antifaz que escondía quién era yo en realidad. Era una necesidad dejar de sentirme presa en mi propio ser, atrapada a causa de personas crueles que no entendían el verdadero significado del amor. Me había convertido en una continua decepción a los ojos de todos y eso me hacía inferior e incapaz de ir a luchar por aquello que deseaba.
Mi vida había estado sumergida siempre en la soledad, hasta que alguien decidió romper las cadenas que me ataban a la oscuridad. Consiguió reanimar la ilusión que ya daba por perdida y mis ojos brillaban como nunca antes lo habían hecho. Era incomprensible tener que reprimir algo tan bello y puro. La impotencia me invadía de nuevo.
Me suplicaba ser valiente mientras yo no podía cesar las caricias que despertaban nuevas sensaciones en mí. El sencillo roce de sus labios aceleraba mi corazón y poder besarlos me arrojaban a la puerta de la felicidad. Intentaba abrir esa puerta con todas mis fuerzas, pero algo me lo impedía y sabía que nadie lo iba a hacer por mí. ¿Acaso importaba realmente quién era la persona con quién quería compartirlo todo? No iba a seguir siendo una prisionera de la sociedad sencillamente por el hecho de que nadie antes había conseguido devolverme la vida, nadie excepto Celeste.
Aguardaba el momento para poder confesarlo al mundo, como si de un gran pecado se tratase. Rogaba por poder quitarme el antifaz que escondía quién era yo en realidad. Era una necesidad dejar de sentirme presa en mi propio ser, atrapada a causa de personas crueles que no entendían el verdadero significado del amor. Me había convertido en una continua decepción a los ojos de todos y eso me hacía inferior e incapaz de ir a luchar por aquello que deseaba.
Mi vida había estado sumergida siempre en la soledad, hasta que alguien decidió romper las cadenas que me ataban a la oscuridad. Consiguió reanimar la ilusión que ya daba por perdida y mis ojos brillaban como nunca antes lo habían hecho. Era incomprensible tener que reprimir algo tan bello y puro. La impotencia me invadía de nuevo.
Me suplicaba ser valiente mientras yo no podía cesar las caricias que despertaban nuevas sensaciones en mí. El sencillo roce de sus labios aceleraba mi corazón y poder besarlos me arrojaban a la puerta de la felicidad. Intentaba abrir esa puerta con todas mis fuerzas, pero algo me lo impedía y sabía que nadie lo iba a hacer por mí. ¿Acaso importaba realmente quién era la persona con quién quería compartirlo todo? No iba a seguir siendo una prisionera de la sociedad sencillamente por el hecho de que nadie antes había conseguido devolverme la vida, nadie excepto Celeste.
Texto de alumna del taller de Escritura Creativa
Texto de alumna del taller de Escritura Creativa.
"La corteza del cerezo" de Juana Caparrós.
Constanza era una mujer triste, de caderas anchas y manos vacías. Su casa, sin balcones y con la puerta siempre cerrada, dormía en una ladera rojiza desde la que se veía aquel pueblo olvidado en la memoria de todos.
La vida de Constanza estaba desgastada como el trapo con el que su madre limpiaba el poyo de la cocina. Odiaba el retal de cielo que veía desde el ventanuco de su cuarto y las sábanas bordadas que cubrían el catre heredado de su tía, soltera desde antes de ser concebida. Pero lo que más odiaba era el crucifijo en el que reposaba un Cristo con la cabeza recostada sobre el hombro, ajeno a las miserias del mundo y que convertía su alcoba en la celda de una monja de clausura. Constanza quería, con una furia ciega y rabiosa, arrancar de la pared aquel Cristo inmisericorde y arrojarlo al fuego de un infierno en el que ella también ardería.
Por las noches, Constanza llevaba sus sueños más allá del lecho que conocía mejor que nadie el deseo retenido entre sus muslos, más allá de las paredes de su casa y del jardín perezoso en el que jamás asomaron, ahogadas por las malas hierbas, las prímulas que sembraba cada año. Los sueños de Constanza salían por el vidrio roto de la ventana, rodaban por la ladera y recorrían agitados las calles del pueblo, escondiéndose como ladrones tras el pórtico de la iglesia, esperando que alguien los atrapara antes de que llegaran a la almohada de él.
Aquella noche, el sueño de Constanza fue más vívido que nunca y más húmedo que la brisa del sur. Aquella noche, Constanza abrió la puerta y caminó por la ladera con el cabello libre de las horquillas que su madre la obligaba a llevar, vestida solo con el olor dulzón de las despedidas anunciadas. Caminó despacio hacia la sombra plateada del cerezo que guardaba, tras los muros invisibles del pueblo, su secreto: la noche eterna, repleta de estrellas, compartida con un hombre que hablaba con Dios.
Constanza se sentó en la tierra reseca, apoyó la espalda en el árbol que estaba aún por florecer y recorrió con las yemas de sus dedos la herida abierta en el tronco, retorcido por la angustia y gris por la ausencia. Una herida en forma de corazón que aún rezumaba la resina pegajosa de las entrañas del cerezo. Constanza se quedó dormida con el pelo suelto y el rojo de la ladera en sus pies, acariciando la corteza del árbol como quien acaricia la piel ansiada, notando el beso del hombre en sus labios y sintiendo la tristeza agazapada justo en el centro de su vientre…Y después…en un instante…amaneció… y Constanza no tuvo más la luz de la luna entre sus pechos, ni la cárcel de unos brazos en su cintura; no tuvo más la mirada del hombre detenida en su pupila, ni la boca entreabierta bebiendo el aliento de él como un pez desesperado en el lecho de un río seco. Constanza no tuvo más suspiros en la garganta ni la tormenta en su pubis… ni la sombra fresca y plateada del cerezo aún por florecer.
"La corteza del cerezo" de Juana Caparrós.
Constanza era una mujer triste, de caderas anchas y manos vacías. Su casa, sin balcones y con la puerta siempre cerrada, dormía en una ladera rojiza desde la que se veía aquel pueblo olvidado en la memoria de todos.
La vida de Constanza estaba desgastada como el trapo con el que su madre limpiaba el poyo de la cocina. Odiaba el retal de cielo que veía desde el ventanuco de su cuarto y las sábanas bordadas que cubrían el catre heredado de su tía, soltera desde antes de ser concebida. Pero lo que más odiaba era el crucifijo en el que reposaba un Cristo con la cabeza recostada sobre el hombro, ajeno a las miserias del mundo y que convertía su alcoba en la celda de una monja de clausura. Constanza quería, con una furia ciega y rabiosa, arrancar de la pared aquel Cristo inmisericorde y arrojarlo al fuego de un infierno en el que ella también ardería.
Por las noches, Constanza llevaba sus sueños más allá del lecho que conocía mejor que nadie el deseo retenido entre sus muslos, más allá de las paredes de su casa y del jardín perezoso en el que jamás asomaron, ahogadas por las malas hierbas, las prímulas que sembraba cada año. Los sueños de Constanza salían por el vidrio roto de la ventana, rodaban por la ladera y recorrían agitados las calles del pueblo, escondiéndose como ladrones tras el pórtico de la iglesia, esperando que alguien los atrapara antes de que llegaran a la almohada de él.
Aquella noche, el sueño de Constanza fue más vívido que nunca y más húmedo que la brisa del sur. Aquella noche, Constanza abrió la puerta y caminó por la ladera con el cabello libre de las horquillas que su madre la obligaba a llevar, vestida solo con el olor dulzón de las despedidas anunciadas. Caminó despacio hacia la sombra plateada del cerezo que guardaba, tras los muros invisibles del pueblo, su secreto: la noche eterna, repleta de estrellas, compartida con un hombre que hablaba con Dios.
Constanza se sentó en la tierra reseca, apoyó la espalda en el árbol que estaba aún por florecer y recorrió con las yemas de sus dedos la herida abierta en el tronco, retorcido por la angustia y gris por la ausencia. Una herida en forma de corazón que aún rezumaba la resina pegajosa de las entrañas del cerezo. Constanza se quedó dormida con el pelo suelto y el rojo de la ladera en sus pies, acariciando la corteza del árbol como quien acaricia la piel ansiada, notando el beso del hombre en sus labios y sintiendo la tristeza agazapada justo en el centro de su vientre…Y después…en un instante…amaneció… y Constanza no tuvo más la luz de la luna entre sus pechos, ni la cárcel de unos brazos en su cintura; no tuvo más la mirada del hombre detenida en su pupila, ni la boca entreabierta bebiendo el aliento de él como un pez desesperado en el lecho de un río seco. Constanza no tuvo más suspiros en la garganta ni la tormenta en su pubis… ni la sombra fresca y plateada del cerezo aún por florecer.
Fotos última charla de Escuela de Vida
Última charla de La Escuela de Vida de Edukere impartida por Daniel Pérez bajo la temática "la fórmula del éxito en la vida".
Últimas Plazas
Últimas plazas para la charla del viernes impartida por Daniel Pérez "La clave del éxito en la vida".
No te la pierdas y reserva la tuya llamando a los números
673 469 871 ó 968 925 105.
Un saludo, EDUKERE.
La clave de éxito en la vida
CUARTA CHARLA DE LA ESCUELA DE VIDA
Queridos amigos:
Os presentamos la cuarta charla de la Escuela de Vida impartida por Daniel Pérez Ruiz bajo el epígrafe "La clave de éxito en la vida". Se llevará a cabo en las instalaciones de Edukere el próximo viernes 4 de abril a las 20:00 horas y tendrá una duración, aproximada, de una hora.
El precio de la charla será de 10€. Como siempre, os recordamos que es imprescindible reservar previamente para asegurarse la asistencia debido al aforo limitado de la sala.
Esperamos que sea de vuestro interés. Un saludo.
EDUKERE
"Educar es facilitar que emerjan al exterior las capacidades que cada uno alberga en su interior."
La fórmula del éxito en la vida
Próximamente anunciaremos la 4ª charla de Escuela de Vida impartida por Daniel Pérez bajo el tema:
"La fórmula del éxito en la vida".
¡Permaneced atentos porque las plazas son limitadas y completamos aforo enseguida!
"La fórmula del éxito en la vida".
¡Permaneced atentos porque las plazas son limitadas y completamos aforo enseguida!
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
.jpg)
