Texto de alumna del taller de Escritura Creativa

Texto de alumna del taller de Escritura Creativa.
"La corteza del cerezo" de Juana Caparrós.


Constanza era una mujer triste, de caderas anchas y manos vacías. Su casa, sin balcones y con la puerta siempre cerrada, dormía en una ladera rojiza desde la que se veía aquel pueblo olvidado en la memoria de todos.

La vida de Constanza estaba desgastada como el trapo con el que su madre limpiaba el poyo de la cocina. Odiaba el retal de cielo que veía desde el ventanuco de su cuarto y las sábanas bordadas que cubrían el catre heredado de su tía, soltera desde antes de ser concebida. Pero lo que más odiaba era el crucifijo en el que reposaba un Cristo con la cabeza recostada sobre el hombro, ajeno a las miserias del mundo y que convertía su alcoba en la celda de una monja de clausura. Constanza quería, con una furia ciega y rabiosa, arrancar de la pared aquel Cristo inmisericorde y arrojarlo al fuego de un infierno en el que ella también ardería.

Por las noches, Constanza llevaba sus sueños más allá del lecho que conocía mejor que nadie el deseo retenido entre sus muslos, más allá de las paredes de su casa y del jardín perezoso en el que jamás asomaron, ahogadas por las malas hierbas, las prímulas que sembraba cada año. Los sueños de Constanza salían por el vidrio roto de la ventana, rodaban por la ladera y recorrían agitados las calles del pueblo, escondiéndose como ladrones tras el pórtico de la iglesia, esperando que alguien los atrapara antes de que llegaran a la almohada de él.

Aquella noche, el sueño de Constanza fue más vívido que nunca y más húmedo que la brisa del sur. Aquella noche, Constanza abrió la puerta y caminó por la ladera con el cabello libre de las horquillas que su madre la obligaba a llevar, vestida solo con el olor dulzón de las despedidas anunciadas. Caminó despacio hacia la sombra plateada del cerezo que guardaba, tras los muros invisibles del pueblo, su secreto: la noche eterna, repleta de estrellas, compartida con un hombre que hablaba con Dios.

Constanza se sentó en la tierra reseca, apoyó la espalda en el árbol que estaba aún por florecer y recorrió con las yemas de sus dedos la herida abierta en el tronco, retorcido por la angustia y gris por la ausencia. Una herida en forma de corazón que aún rezumaba la resina pegajosa de las entrañas del cerezo. Constanza se quedó dormida con el pelo suelto y el rojo de la ladera en sus pies, acariciando la corteza del árbol como quien acaricia la piel ansiada, notando el beso del hombre en sus labios y sintiendo la tristeza agazapada justo en el centro de su vientre…Y después…en un instante…amaneció… y Constanza no tuvo más la luz de la luna entre sus pechos, ni la cárcel de unos brazos en su cintura; no tuvo más la mirada del hombre detenida en su pupila, ni la boca entreabierta bebiendo el aliento de él como un pez desesperado en el lecho de un río seco. Constanza no tuvo más suspiros en la garganta ni la tormenta en su pubis… ni la sombra fresca y plateada del cerezo aún por florecer.

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