Otro día me despertaba en un baño de lágrimas. Sin saber si quiera a dónde ir, perdida en mí misma, condicionada por los demás. Hace tiempo el simple hecho de notar la brisa rozándome las mejillas me hubiese concedido el privilegio de sonreír. Sin embargo, ese ya no era uno de los placeres que podía disfrutar, mis comisuras ya no se arqueaban para mostrar felicidad sino para fingirla.
Aguardaba el momento para poder confesarlo al mundo, como si de un gran pecado se tratase. Rogaba por poder quitarme el antifaz que escondía quién era yo en realidad. Era una necesidad dejar de sentirme presa en mi propio ser, atrapada a causa de personas crueles que no entendían el verdadero significado del amor. Me había convertido en una continua decepción a los ojos de todos y eso me hacía inferior e incapaz de ir a luchar por aquello que deseaba.
Mi vida había estado sumergida siempre en la soledad, hasta que alguien decidió romper las cadenas que me ataban a la oscuridad. Consiguió reanimar la ilusión que ya daba por perdida y mis ojos brillaban como nunca antes lo habían hecho. Era incomprensible tener que reprimir algo tan bello y puro. La impotencia me invadía de nuevo.
Me suplicaba ser valiente mientras yo no podía cesar las caricias que despertaban nuevas sensaciones en mí. El sencillo roce de sus labios aceleraba mi corazón y poder besarlos me arrojaban a la puerta de la felicidad. Intentaba abrir esa puerta con todas mis fuerzas, pero algo me lo impedía y sabía que nadie lo iba a hacer por mí. ¿Acaso importaba realmente quién era la persona con quién quería compartirlo todo? No iba a seguir siendo una prisionera de la sociedad sencillamente por el hecho de que nadie antes había conseguido devolverme la vida, nadie excepto Celeste.
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